El último adiós

El viento silbaba entre los riscos mientras la noche caía sobre el sendero montañoso. Las brasas del fuego chisporroteaban suavemente, lanzando sombras danzantes sobre las rocas. Habían acampado allí, con la promesa de continuar al amanecer. Eran tres: él, su hermano Oliver, y la sacerdotisa elfa que apenas conocía.

No había dicho más que gruñidos desde que se encontraron. No le apetecía hablar. No con Oliver, con sus sermones de redención, ni con la elfa, cuya mirada parecía atravesar su alma como una lanza de luz. Tenía demasiados demonios dentro como para soportar compañía.

Con un gruñido seco, se giró hacia ella, que lo observaba desde el otro lado del fuego.

—¿Qué quieres? —espetó con voz áspera—. ¿Te envía mi hermano para darme otro sermón?

La elfa no respondió de inmediato. Su expresión era serena, pero sus ojos reflejaban una pena antigua. Negó levemente con la cabeza y se acercó con la elegancia propia de su raza. En sus manos, un paquete envuelto en tela oscura.

—No. Solo cumplo una promesa —dijo con suavidad—. Beretta… me dio esto para ti.

El nombre cayó como una piedra en su pecho. Beretta. La criminal. La asesina. Y su antigua jefa… Sus manos temblaron al tomar el paquete. Lo reconoció antes de abrirlo. El peso. El tacto. El eco de un pasado que creía enterrado. El hombre que lo recibió, de rostro curtido y mirada ausente, lo sostuvo con manos temblorosas. Sabía, sin saber cómo, que ese paquete traía consigo el peso de un destino sellado.

—Ella me pidió que te lo entregara —dijo la mujer que lo acompañaba, su voz grave, cargada de una tristeza que no necesitaba explicación—. Fue su último deseo.

El hombre desató el nudo con dedos torpes. Al abrir la tela, el brillo del acero lo cegó por un instante. Eran las armas que él mismo había forjado, con amor y precisión, para su esposa. Cada grabado, cada línea, hablaba de ella. De su fuerza. De su fuego.

—¿Dónde está? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

La mujer bajó la mirada.

—Beretta la ejecutó —dijo la elfa en voz baja, como si cada palabra pesara—. Afirmó que no tuvo elección… que tu esposa ya no quería seguir luchando. Que fue ella quien, al final, le pidió que terminara con todo. Dijo que lo hizo con pesar, que no fue un acto de odio, sino de compasión torcida. Me pidió que te dijera que no sufrió. Que fue rápido. Limpio. Como un último gesto de respeto.

El paquete cayó de sus manos, las armas tintineando suavemente al tocar la tierra. El sonido fue más punzante que un grito. Se quedó inmóvil, con la mirada clavada en el suelo, como si pudiera encontrar allí una respuesta, una redención imposible.

Sus rodillas cedieron. El peso de la culpa, del amor perdido, lo arrastró hacia la tierra. Se arrodilló junto al fuego, la cabeza gacha, los puños apretados. El silencio se volvió espeso, solo roto por el crujido de las brasas y el murmullo lejano del viento entre las montañas.

—Yo debía protegerla… —susurró, apenas audible—. Y la dejé sola. La dejé morir.

La elfa no dijo nada. No había palabras que pudieran aliviar ese dolor. Solo lo observó, con respeto, con tristeza.

Entonces, algo cambió.

Una brisa cálida, imposible en aquella altura, le acarició el rostro. No era el viento. Era algo más. Algo que le erizó la piel y le heló el alma al mismo tiempo. Alzó la vista, lentamente, temiendo lo que pudiera encontrar… y deseándolo con todo su ser.

Allí estaba.

Envuelta en una luz tenue, como tejida de niebla y recuerdos, su esposa lo miraba. Su rostro era el mismo que recordaba, pero sus ojos… sus ojos estaban llenos de tristeza. No de reproche, sino de una pena tan profunda que parecía no tener fin.

Sus labios se movieron, y una sola palabra cruzó el abismo entre los mundos:

—¿Por qué me abandonaste?

El mundo pareció detenerse. El fuego dejó de crujir. El viento contuvo el aliento. Y él, roto, solo pudo inclinar la cabeza y dejar que las lágrimas cayeran, por fin, sin resistencia.

Duncan alzó la mirada, sus ojos enrojecidos por el llanto, suplicando perdón sin palabras. La figura de Aylin flotaba frente a él, etérea, como un recuerdo que se niega a desvanecerse. Ella lo observaba con una mezcla de ternura y dolor, y su voz, apenas un susurro, le atravesó el alma:

—¿No me amabas? ¿Nunca fui más que un capricho pasajero…? Pero tú eras mi mundo, Duncan…

Él bajó la cabeza, el pecho encogido por el peso del remordimiento. Negó lentamente, como si cada movimiento le costara el aliento.

—Te amaba… —murmuró con voz quebrada—. Más de lo que imaginas. Pero el pasado me perseguía. Pensé que si me alejaba, si te dejaba atrás, te protegería. Que así evitaría que te hicieran daño… que murieras.

Aylin lo miró con una tristeza insondable, y sus palabras fueron cuchillas envueltas en terciopelo:

—Pero tú… con tu indiferencia me heriste de muerte, Duncan. No fue una herida de acero, sino algo más profundo, más cruel. Me dejaste vacía. No me quedaba nada en esta tierra. Había defraudado a mis amigos, quebrantado mi juramento sagrado solo para encontrarte… y tú sabes lo que eso significaba para mí. Renuncié a todo lo que era, a todo lo que me definía, porque creí que tú valías más que cualquier voto, más que cualquier deber.

Te perseguí a través de la locura, entre ruinas y campos de batalla, no para reprocharte nada, sino para ayudarte, para apoyarte, para amarte. Dejé todo atrás, incluso mi nombre, sabiendo que eso ponía una sentencia de muerte sobre mi cabeza. Y aun así, lo hice sin dudar. Porque tú eras mi hogar. Mi esperanza. Lo único que ansiaba era estar a tu lado… y cuando por fin te encontré, me volviste a abandonar.

Lo intenté, te juro que lo intenté. Nunca te pedí nada, Duncan. Nunca exigí promesas ni juramentos. Solo quería compartir el peso de tu carga. Pero me dejaste atrás… no una, sino tres veces. ¿Cómo esperabas que me sintiera? ¿Cómo podía seguir creyendo que era digna de tu amor cuando tú mismo me negabas?

Tú sabes de dónde vengo. Sabes que mi vida ha sido una sucesión de órdenes, de sangre, de muerte. Matar o morir. Cumplir o desaparecer. Y aun así, tú… tú quebraste esa coraza. Me hiciste creer que este mundo podía ser amable, que podía ser cálido. Me hiciste soñar con una vida distinta. Y cuando llegó el momento, cuando más te necesitaba, cuando por fin podía luchar a tu lado… me apartaste. Una vez. Dos. Tres. Me dejaste tirada en una camilla, apenas con un hilo de vida, y te fuiste sin mirar atrás.

Quise odiarte. Lo intenté. Pero incluso en mi rabia, seguías siendo mi refugio. Y eso fue lo más cruel de todo.

¿Lo entiendes ahora? ¿Entiendes por qué hice lo que hice? ¿Por qué volví a la ciudad, aunque Beretta me advirtió que no lo hiciera? ¿Crees que ella quiso matarme? No, Duncan… al final, mi verdugo me amó más que tú. Porque ella se quedó. Porque ella lloró por mí. Porque tú… tú solo huiste.

Y al final, no fue la muerte lo que me destruyó… fue tu silencio.

Cada palabra abría una herida nueva en el corazón de Duncan. Se sentía deshecho, reducido a un hombre que solo podía ofrecer disculpas a un fantasma.

—Lo siento… —susurró Duncan, con la voz quebrada, mirando al vacío donde su silueta temblaba como un recuerdo que se niega a morir—. No puedo devolverte nada de lo que te fue robado. Ni tu vida. Ni tu paz. Ni siquiera el futuro que imaginaste a mi lado. Solo me queda este dolor… y mi arrepentimiento.

El aire a su alrededor parecía más frío, como si el mundo mismo contuviera el aliento.

—No sé si eres real… o si mi culpa te ha traído de vuelta. Pero si estás aquí, si puedes oírme… entonces escúchame, aunque no me creas. No me fui porque no te amara. Me fui porque te amaba tanto que pensé que, al alejarme, te salvaba.

Duncan cerró los ojos, como si al hacerlo pudiera borrar la imagen de ella, etérea, suspendida entre la luz y la sombra.

—Pero me equivoqué. Te rompí. Y en el proceso, me rompí a mí también. Me he contado mil veces que hice lo correcto. Que era necesario. Que no tenía elección. Pero cada noche, cuando el silencio me alcanza, te veo. Veo tus ojos llenos de preguntas.

Sus manos se alzaron, temblorosas, como si intentaran tocarla, pero solo encontraron aire.

—No hay redención para mí, Aylin. No hay perdón que me alcance. Porque tú… tú me diste todo. Y yo solo supe huir.

Una lágrima cayó, silenciosa, como una confesión tardía.

—No espero que me perdones. Ni siquiera sé si puedes. Pero si alguna parte de ti aún existe más allá de este mundo… solo te pido que encuentres paz. No por mí. Por ti. Porque tú merecías más que un cobarde con miedo a amar.

Duncan bajó la cabeza, y por un instante, el silencio pareció absoluto.

—Y si este es mi castigo… verte y no poder abrazarte, hablarte y no poder salvarte… entonces lo acepto. Porque es menos de lo que merezco.

Ella se acercó, flotando como una bruma cálida, y sus manos fantasmales rozaron su rostro con una ternura que lo hizo temblar. Por primera vez, sonrió. No con tristeza, sino con esa paz que solo llega cuando el alma ha dejado de luchar.

—Fuimos unos necios, los dos —dijo con dulzura—. Tú te alejaste creyendo que así me protegías, sin darte cuenta de que tu ausencia fue la herida más profunda. Y yo… yo me sentí abandonada, rota por dentro, incapaz de entender por qué el hombre que amaba me empujaba lejos.

Su voz era un eco suave, como el murmullo de las hojas al viento.

—Míranos ahora… dos almas que se amaron con torpeza, que se perdieron por miedo, por orgullo, por silencio. Si tan solo hubiéramos hablado, si nos hubiéramos escuchado de verdad… si hubiéramos tenido el valor de mostrarnos vulnerables… nada de esto habría pasado.

Se inclinó hacia él, y su aliento, aunque ya no era humano, parecía acariciar su piel. Su voz no era un sonido, sino una vibración en el pecho, como si el alma misma recordara cómo se sentía su nombre en sus labios.

—No vine a juzgarte. Ni a atormentarte. Vine porque aún quedaba algo sin decir… algo que ni la muerte pudo borrar.

La figura de Aylin flotaba entre la penumbra, translúcida, como si el mundo ya no pudiera contenerla del todo.

—Te busqué en la vida. Te esperé en la muerte. Y ahora, en este lugar donde ya no hay tiempo, sigo sintiéndote. No como antes… no con esperanza. Sino con esa tristeza suave que deja lo que fue amado y perdido.

Se acercó, aunque no había distancia que cruzar.

—No me rompiste, Duncan. Me rompí por ti. Y lo hice con los ojos abiertos. Porque te amaba. Porque creí en ti. Porque, aunque me doliera, nunca quise que cargaras con mi sombra.

Una pausa. El silencio se volvió más denso, como si el universo contuviera el aliento.

—No te perdono porque me lo pidas. Te perdono porque yo también necesito descansar. Porque si me aferro al dolor, nunca podré irme del todo. Y tú… tú nunca dejarás de sangrar.

Sus ojos, aunque ya no eran carne, brillaban con una ternura imposible.

—No me busques más, Duncan. No en tus sueños. No en tu culpa. No en los rincones donde crees que aún estoy. Yo ya no pertenezco a este mundo… y tú aún tienes que aprender a vivir en él.

Y entonces, con una última mirada, suave como una caricia que no llega a tocar:

—Adiós, amor mío. Que el peso que llevas no te hunda… sino que te enseñe a caminar.

Una lágrima, imposible pero real, se deslizó por la mejilla de Aylin. Se inclinó hacia él, y sus labios se unieron en un último beso, leve como el recuerdo de una canción olvidada. Y entonces, su figura comenzó a desvanecerse entre sus brazos, como humo llevado por el viento.

Duncan la sostuvo hasta el último instante, hasta que no quedó más que el vacío. Un silencio absoluto lo envolvió, y en su interior, un abismo se abrió, lleno de amor perdido, de palabras no dichas, de perdones tardíos.

Aylin se había ido.

Y él, por fin, se quedó solo con su dolor… y con la promesa de no olvidar jamás.

Se arrodilló, con las manos aún extendidas hacia la nada, como si el eco de su tacto pudiera retener lo que ya no estaba. El mundo a su alrededor seguía en pie, pero dentro de él, algo se había quebrado para siempre.

—Adiós… —murmuró, sin voz.

No hubo respuesta. Solo el murmullo del viento, como si el universo respetara el duelo de un alma rota.

Pero en medio de ese vacío, algo se encendió. No esperanza. No consuelo. Sino una certeza: viviría con el recuerdo de Aylin, no como castigo, sino como testimonio. Porque ella había amado con todo su ser. Y él, aunque tarde, había aprendido a amar también.

Se puso de pie. Sus pasos eran pesados, pero ya no eran vacíos. Caminó hacia la luz incierta del amanecer, llevando consigo el peso de lo perdido… y la promesa de no volver a huir.

El último adiós, by Nissa Audun, está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

(*) Imagen: Aylin y Duncan By Liviuska 2018

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