Finalmente, ante ella se alzaba el majestuoso puerto de la capital de la Alianza: Ventormenta. Apoyada en la barandilla, dejó vagar la mirada por la imponente ciudad mientras, a sus espaldas, la tripulación comenzaba los preparativos para el atraque.
Una figura se colocó a su lado, soltando un leve suspiro.
—¿Entonces, de verdad nos abandonas, Palomita? —preguntó Brandia.
Rhane sonrió de medio lado, bajando la vista hacia la goblin, que la observaba con una mezcla de diversión y melancolía.
—Sí, Brandia… Y creo que, tal como acordamos, esto te pertenece.
Con cuidado, se quitó la bota y rebuscó en su interior hasta sacar tres monedas doradas, que había atesorado con esmero. Se las tendió a la goblin, quien la miró con un gruñido.
—¿En serio me vas a dar tres doradas con olor a pies?
A pesar del bufido de disgusto, Brandia hizo desaparecer las monedas en sus bolsillos antes de que Rhane pudiera parpadear. La joven sonrió mientras se volvía a calzar.
—En fin, espero que hayas aprendido lo suficiente para defenderte en este mundo, Palomita. Ha sido un placer hacer negocios contigo, muchacha —añadió la goblin, tendiéndole la mano.
Rhane se la estrechó con cariño.
—Gracias por ayudarme y por tu paciencia… Tres doradas no me parecen suficiente pago por todo lo que has hecho por mí.
—Tsk… Sí, supongo que podría haber negociado mejor.
Ambas rieron con complicidad antes de darse un rápido abrazo de despedida.
—Cuídate, Palomita. Espero oír historias tuyas durante mucho tiempo. Y quién sabe, quizás algún día vuelvas a ver a esta goblin y le regales parte de tus ganancias.
—Dalo por hecho, Brandia.
La goblin le guiñó un ojo antes de volver a sus tareas. Rhane la siguió con la mirada hasta que sus ojos se cruzaron con los del capitán, que la observaba en silencio. Ella le dedicó una leve sonrisa. A pesar del nudo en el pecho, sabía que su lugar estaba más allá de esa cubierta. Sin embargo, no podía evitar sentir que lo estaba defraudando. Bajó la mirada cuando él se giró con gesto adusto para continuar dando instrucciones.
Con calma, descendió a su camarote para dar un último vistazo. Recogió sus pertenencias y sostuvo entre las manos la daga que había tomado del cadáver de Thomas. Los recuerdos la asaltaron, haciéndole temblar las manos. Suspiró y tomó una decisión.
Con torpeza, escribió una nota al capitán. Le costó encontrar las palabras adecuadas, pero tras varios intentos, quedó satisfecha. Tomó la nota y, con sigilo, se deslizó por la embarcación hasta colarse en el camarote del capitán. Sonrió al ver el característico desorden «ordenado» del lugar. Con cuidado, dejó la daga sobre el escritorio, entre los mapas y el cuaderno de bitácora, y colocó la nota encima. Salió del camarote del mismo modo en que había entrado, esperando que él la encontrara cuando ya se hubiera marchado.
Volvió a cubierta justo cuando el barco atracaba en el muelle. Mientras la tripulación se preparaba para descargar la mercancía, se acercó al capitán Azor, que la esperaba con una media sonrisa que no alcanzaba a iluminar sus ojos claros.
—Bueno, ya estás aquí, tal como te prometí.
—Sí… —respondió ella, tragando saliva antes de tenderle la mano—. Gracias por todo, capitán. Ha sido un honor entrenar con usted y compartir su compañía, pese a las circunstancias.
Él la miró en silencio un instante antes de tomar su mano y atraerla hacia un breve abrazo. Fue un gesto familiar, afectuoso, sin atisbo de impropiedad. Rhane se permitió disfrutar de ese instante de calidez, el primero que sentía en mucho tiempo, antes de separarse con los ojos húmedos.
—Ya es hora de que vueles, pajarillo… Haz que me sienta orgulloso. Y no dejes que te maten, me gustaría volver a verte algún día cuando regrese por estos lares —le susurró al oído, evitando que el resto de la tripulación, que los observaba con disimulo, pudiera oírle.
—Rhane, gracias por recordarme el rumbo… y por traer un poco de paz a un corazón cansado. No dejes que nadie apague tu brillo.
Le sonrió y le dio una palmada en el hombro antes de incorporarse.
—Sí… gracias… por todo.-
La muchacha lo miró una última vez, con los ojos brillantes, y susurró apenas audible:
—Adiós, capitán.
Luego desvió la vista hacia el resto de la tripulación. Se despidió con un leve gesto de la mano y, con un último vistazo al hombre que había marcado su travesía, descendió por la pasarela rumbo a una ciudad desconocida, deseosa de descubrir qué le deparaba el futuro.
Rhane, por su parte, se adentraba en la ciudad con paso firme, llevando consigo las enseñanzas, los afectos y las cicatrices de su travesía. El futuro era incierto, pero por primera vez, no le temía. Porque sabía que, en algún rincón del mundo, alguien la esperaba con orgullo… y quizás, con una copa de ron en la mano.
A sus espaldas, Azor la observó hasta que la perdió de vista entre la multitud del puerto. Con un resoplido resignado, volvió a sus obligaciones: repartió órdenes, supervisó la descarga de mercancías y negoció el pago con los mercaderes que lo habían contratado. Aquellas tareas lo mantuvieron ocupado el resto de la tarde.
Cuando finalmente quedó solo en el navío —salvo por un par de tripulantes que harían guardia durante el atraque—, se dirigió cansado hacia su camarote.
Esbozó una media sonrisa cargada de resignación. Tras tantos años de dureza y soledad, había acabado por encariñarse con aquella muchacha rebelde y malhablada. La echaría de menos más de lo que se atrevía a admitir.
Al sentarse en su silla, dispuesto a registrar las ganancias del viaje en el cuaderno de cuentas, se detuvo en seco. Sobre el escritorio, entre los mapas, descansaba una daga enjoyada. Su mano quedó suspendida en el aire, paralizada por la sorpresa. Por un instante, pensó en enemigos, advertencias, traiciones… pero entonces vio la nota, torpemente doblada, apoyada junto al arma.
Con una sensación de aprensión, la tomó y se recostó en el asiento mientras la desplegaba. La letra irregular y temblorosa confirmó sus sospechas: era de Rhane.
«Querido Capitán,
Nuestra conversación de anoche me dio fuerzas para intentar poner en palabras lo que no me atreví a decirte en persona. ¿Por qué no lo hice cara a cara? Supongo que por la misma razón por la que tú también callaste. Porque sabíamos que, al despedirnos, no habría lágrimas ni me pedirías que me quedara.
Me contaste que tu vida ha sido dura, que has hecho cosas horribles para sobrevivir. Supongo que por eso tampoco puedo odiar a mis padres. Nunca los conocí, pero las viejas sirvientas me contaron historias. La más probable es que sea hija de una capitana pirata, como tú, solo que del otro bando. Dicen que, al quedarse embarazada, me vio más como un estorbo que como una ganancia. Me dejó tirada la misma noche en que nací… y sacó provecho: me vendió por tres doradas. El mismo precio que Brandia puso por mi pasaje.
Ya no me duele. No le debo nada, y no tengo nada que reclamarle. Al menos me trajo a este mundo. Si algo he aprendido es a no deberle nada a nadie. Por eso te dejo esta daga, como pago por los gastos que causé durante mi estancia. Estoy segura de que podrás venderla por una buena suma.
Pero hay algo que no puedo pagar: el cariño y el apoyo que me habéis dado. A vuestro lado, por primera vez, he sentido paz. He conocido la confianza, la camaradería… y, aunque te rías al leer esto, también he aprendido a amar. Siempre te recordaré con cariño. Puede que seas la primera persona en mi vida a la que considere familia. No como un padre, sino como ese tío maravilloso que toda niña desearía tener.
Me cuesta dejarte atrás, pero sé que entiendes que necesito volar, como tú mismo dijiste.
Guardaré tus consejos y nuestras conversaciones en mi corazón hasta el fin de mis días. Espero que nuestros caminos se crucen de nuevo, y que entonces pueda demostrarte que valió la pena el tiempo que me dedicaste. Hasta entonces, mantén tu rumbo, para que podamos encontrarnos otra vez.
Tu sobrina favorita,
Rhane.»
El capitán releyó la nota en silencio. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro mientras, con cuidado, abría el compartimento oculto del escritorio donde guardaba sus tesoros más preciados. Depositó allí la daga y la carta, y lo cerró con un suspiro.
—Maldita seas, muchacha… Ojalá los dioses nos permitan volver a vernos.
Tomó la botella de ron y dio un sorbo largo, recostándose en la silla. Su corazón, henchido de orgullo por la joven, también sangraba por su partida. Aquella niña, sin duda, había calado hondo en su viejo corazón.

Beretta: Adios, Capitán by Nissa Audun está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
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