(Continuación de un relato que comencé a escribir en Septiembre de 2013-Revisado y actualizado en 2025)
Solo escucho mi corazón, latiendo al ritmo de mis patas: salto, apoyo, salto, apoyo… El bosque me envuelve, y el viento me susurra al oído, azotando mis orejas con fuerza, acariciando mi oscuro pelaje como si quisiera arrastrarme con él. La luz del sol se filtra entre las ramas altas, dibujando manchas doradas sobre la tierra húmeda. Respiro con fuerza, jadeante, bebiendo la humedad de la mañana mientras acelero el paso, entregándome por completo a la caza.
Allí está… lo veo. Una cola de algodón se desliza entre los matorrales, zigzagueando con desesperación. Jadeo una vez más. El conejo corre a toda velocidad, pero yo soy más rápida. Más lista. Más salvaje.
Estoy a un suspiro de morder. La carne tibia, viva, late bajo mi sombra. Pero algo me golpea de pronto: un olor áspero, antiguo, que me atraviesa como una espina en la nariz. Me detengo en seco, resoplando con fastidio. Hace tanto tiempo que no lo olía… demasiado. El bosque, que hasta hace un instante parecía acompañarme en la caza, ahora guarda un silencio denso, expectante.
Alzo el morro y respiro hondo, dejando que el aire cargado de aromas me atraviese. Ahí está de nuevo… ese olor persistente, como un recuerdo podrido que vuelve a la superficie. Giro la cabeza lentamente hacia la izquierda, siguiendo el rastro invisible que me guía más allá de los árboles. ¿El prado? Sí… algo me espera allí.
Con un rugido me lanzo en una carrera desenfrenada. Un aullido brota desde lo más profundo de mi alma, salvaje, incontrolable. Entro como una tormenta de verano en el claro, frenando en seco, con el pelaje erizado y un gruñido amenazador escapando de mi garganta.
Y entonces lo veo. Está ahí, frente a mí. Débil. Tembloroso. Mirándome con temor.
Los recuerdos me golpean como relámpagos: fragmentos de otra vida, de otra yo. Cuando aún era feliz. Cuando tenía… ¿familia? Gruño, confundida. Esa sensación de calidez… hacía tanto que no la sentía. Pero se desvanece tan rápido como llegó, reemplazada por la ira. Por el dolor. Por la memoria de lo que perdí. De por qué me quedé sola. De por qué fui exiliada.
El humano, a pesar del miedo que le provoca mi presencia, da un paso hacia mí. ¿Por qué? ¿Qué busca? Su nerviosismo se dispara cuando mi gruñido se intensifica. Le lanzo una dentellada al aire, una advertencia clara:
<< Basta, humano… no traspases mis límites. >>
—¿¿Nissa??… ¿¿Eres tú??
<< ¡No! >>
Eso quisiera gritarle. Pero hace mucho que no tengo más voz que mis aullidos.
<< Ella murió cuando destruisteis todo lo que me importaba… ese nombre pertenece a un pasado que ya no me concierne. >>
Le miro un instante, con frialdad, y me doy la vuelta para marcharme. Pero su voz me detiene.
—¡No! ¡No te vayas, te lo ruego!… ¡Sahale te necesita!
Mis patas se detienen, temblorosas. Ese nombre… brilla en mi memoria como una chispa en la oscuridad. Rostros olvidados cruzan mi mente a toda velocidad, hasta que uno se detiene, nítido. Jadeo.
<< ¿Podría ser él? ¿El único que me miró con tristeza cuando me alejé del poblado? ¿El único que intentó detenerme? ¿Sigue vivo… después de tantos años? >>
Me giro hacia el muchacho, acercándome con cautela. Me detengo a escasos centímetros de él, y me obligo a olerlo con calma.
<< Sí… es cierto. Un leve aroma familiar emana de su piel, de sus mocasines de piel de ciervo, de su chaleco… ¿Podría ser en verdad? >>
Me siento frente a él, confundida. Hace tanto que camino sobre cuatro patas… soy una loba. No… no puedo volver.
El chico sonríe, con ternura, y comienza a hablar con voz suave, como si temiera romper algo frágil.
—¿Te acuerdas de él?… El abuelo dijo que sería el único por el que volverías…
<< ¿Eso dijo?… espera… ¿abuelo? >>
—Por favor… te necesitamos…
Se agacha lentamente hasta quedar a mi altura. Abre su morral con cuidado y saca algo que no distingo bien hasta que lo deposita ante mí. Luego se incorpora y se aleja unos pasos, dándome la espalda.
<< ¿Qué pretendes, humano? >>
Me acerco y olisqueo la prenda. Ahí está… el aroma de Sahale. Y algo más. Algo que me sacude por dentro.
<< Esto… esto huele a mí. A mi yo humano. ¿Cómo es posible? ¿Lo guardó todo este tiempo? >>
Un aullido desgarrador rompe el silencio del bosque. Un lamento animal que se transforma, poco a poco, en un grito de pena humana. El chico se abraza a sí mismo, temblando. Le he asustado. Y no le culpo.
Miro mi cuerpo con torpeza. Hace tanto tiempo… mis uñas están llenas de tierra, mi piel manchada, mi aspecto es lamentable. Con esfuerzo, me pongo el vestido por la cabeza, frustrada por no poder atar las presillas. He perdido la práctica. Suspirando, intento hablar. Mi garganta, reseca y oxidada, apenas responde.
—¿Pue… desss… ayudarrr?
El chico da un respingo, sorprendido. Trato de sonreír.
—No morrderr… aún…
Suelto un resoplido que podría confundirse con una risa. Él se acerca, sonriente, y me ayuda a atarme las presillas. Me ayuda a recordar quién fui. A recuperar lo que creí perdido.
Le sigo, aún pensativa. Ya no me teme. Al contrario… parece feliz de tenerme a su lado.
Quizás… quizás ha llegado el momento de volver.
Quizás, esta vez, todo salga bien.
(2025)
Avancé tras el muchacho, escuchando su charla incesante, que se me antojaba como el cotorreo de las aves al amanecer: constante, agudo, imposible de ignorar. Sus miradas de reojo, a medio camino entre la curiosidad y el temor, comenzaron a irritarme. Finalmente, no pude más. Gruñí con suavidad y me detuve, clavando en él una mirada directa y firme.
El chico dio unos pasos más entre la hierba agostada, hasta que notó que ya no le seguía. Se volvió con sorpresa, los ojos abiertos como si no entendiera qué había hecho mal.
—¿Qué ocurre?
Solté un suspiro, reuniendo la poca paciencia que me quedaba, y murmuré unas palabras con voz baja y áspera:
—¿Qué quierres saber?
—¿Cómo? No te entiendo…
—No parras de parlotearr —respondí con esfuerzo. Aún me costaba hablar como antes; las palabras se formaban lentamente en mi mente, como si tuvieran que abrirse paso entre la niebla—. Me cansa. Tienes preguntas… hazlas.
El joven me observó en silencio, aceptando por fin que no podía seguir fingiendo que todo era normal. Su voz, cuando habló, sonó más sincera.
—Quiero saber qué se siente.
Le miré, desconcertada.
—Cuando te transformas… ¿duele?
Me tomé un momento antes de responder. ¿Cómo explicarle el dolor de las articulaciones al cambiar de forma? ¿El crujido de los huesos al reacomodarse, la carne desgarrándose para dar paso a otra piel, la mandíbula desencajándose para sustituir los molares humanos por colmillos de depredador? Todo eso era real. Todo eso dolía. Pero ponerlo en palabras era innecesario. Me limité a asentir.
—¿Y cómo es? —insistió—. O sea… ¿ves las cosas diferente?
Asentí de nuevo, y esta vez una leve sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios.
—Veo mejor que tú con poca luz, sea de día o de noche. Aunque solo distingo los azules y los verdes… el rojo lo percibo como un verde claro. No sé explicarlo bien, pero… percibo mejor el movimiento en mi otra forma.
Incliné la cabeza, observándole con atención. Él asintió, como si intentara comprender algo que solo podía imaginar.
—Entiendo…
El silencio entre nosotros se alarga mientras seguimos caminando. El muchacho parece haber agotado sus preguntas, o tal vez solo está reuniendo el valor para hacer la más importante. El bosque, sin embargo, no calla. Susurra entre las ramas, cruje bajo nuestros pies, y algo en su aliento me resulta extraño. No es solo el olor de la tierra húmeda o de la vegetación marchita… hay algo más. Algo que no pertenece.
Me detengo de nuevo, olfateando el aire con cautela. El muchacho se vuelve, alerta.
—¿Qué pasa?
—El bosque… —murmuro—. Huele… enfermo.
Él asiente, bajando la mirada.
—Es por eso que vinimos a buscarte.
Sus palabras caen como piedras en el silencio. Me quedo quieta, esperando. No lo presiono. Él necesita decirlo.
—Desde hace lunas, algo está mal. Primero fueron los animales… desaparecieron. Luego los árboles comenzaron a secarse, como si algo les robara la vida desde dentro. Y ahora… la gente. Se apagan. Sin fiebre, sin heridas. Solo… dejan de estar.
Me observa, esperando una reacción. Yo solo escucho. El viento trae consigo un susurro más denso, más oscuro. Lo reconozco. No es enfermedad. Es magia. Antigua. Corrupta.
—El chamán dice que es una maldición —continúa el chico—. Pero el abuelo… él cree que tú sabes lo que es. Que tú puedes ayudarnos.
—¿Y por qué ahora? —pregunto, sin ocultar la amargura en mi voz—. ¿Por qué me buscan después de tantos años?
El chico traga saliva. Su voz tiembla.
—Porque ya no nos queda nadie más.
Sus palabras me atraviesan. No por lo que dicen, sino por lo que no dicen. No es un perdón. No es una disculpa. Es necesidad. Y sin embargo… algo en mí se remueve. No es compasión. Es más antiguo. Más profundo. Es el eco de lo que fui. De lo que aún podría ser.
—¿Y Sahale? —pregunto, casi sin querer.
El chico sonríe, con una mezcla de alivio y tristeza.
—Vive. Pero está enfermo. Fue él quien pidió que te buscaran. Dijo que si alguien podía entender lo que está ocurriendo… eras tú.
Mi pecho se contrae. No por el dolor, sino por la memoria. Sahale… el único que me defendió. El único que me miró con tristeza, no con miedo. El único que creyó que yo no era un monstruo.
—Llévame con él —digo al fin.
El muchacho asiente, y reanudamos la marcha. El bosque parece abrirse a nuestro paso, como si reconociera mi decisión. Pero el aire sigue denso, cargado de presagios. Algo se ha despertado. Algo que no pertenece a este mundo… y que, sin embargo, ha echado raíces en él.
Y yo… yo soy la única que puede enfrentarlo.
*Si te ha gustado esta historia y quieres saber cómo continúa, déjamelo saber en los comentarios. Si hay interés, seguiré subiéndola poco a poco. Y si no… quedará como una de esas ideas que quizás algún día se conviertan en un libro.
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