El Guardián del Bosque Silente

Este es el primer susurro de una novela que espero compartir poco a poco. Gracias por leer, y si te gusta, estaré encantada de saberlo.

Nivëir vivía donde el bosque se volvía más espeso y la luz se filtraba apenas, como si el día dudara en entrar. Los árboles, altos y antiguos, murmuraban secretos que nadie más quería escuchar. Su cabaña, tejida con ramas, musgo y tiempo, se alzaba junto a un arroyo de aguas claras que cantaban al rozar las piedras. Allí, entre raíces y estrellas, la joven curandera encontraba su refugio.

Se movía con la calma de quien pertenece al lugar que pisa. Su cuerpo, delgado y fuerte por años de labor con la tierra, avanzaba con la precisión de quien conoce cada sendero, cada sombra. Llevaba el cabello largo, de un castaño cobrizo que brillaba como hojas secas al sol, casi siempre recogido en trenzas sencillas. Su piel, clara pero dorada por el sol, hablaba de días enteros bajo cielos abiertos. Y sus ojos, verdes como los helechos tras la lluvia, parecían ver más allá de lo visible.

En el pueblo, a medio día de camino, la llamaban bruja. Pero cuando la fiebre se llevaba a los niños o las cosechas enfermaban, subían por el sendero con los ojos bajos y las manos temblorosas, buscando sus remedios. Ella los recibía sin rencor, con una sonrisa tranquila. El bosque le había enseñado a sanar, y sanar era lo que hacía.

Una mañana, mientras recogía flores de luna —esas que solo despiertan bajo el aliento del amanecer—, algo cambió. Un susurro distinto, más antiguo, la llamó desde lo profundo del bosque. No era una voz, sino una sensación: un leve tirón en el alma, como si algo olvidado despertara.

Sin pensarlo, Nivëir siguió el llamado. Sus pasos la llevaron más allá de los claros conocidos, más allá de los árboles marcados con runas antiguas, donde el bosque se volvía más denso, más callado. El aire era distinto allí: más espeso, como si el tiempo respirara lento.

Entre raíces retorcidas y piedras cubiertas de musgo, encontró unas ruinas dormidas bajo siglos de olvido. No parecían abandonadas, sino simplemente… en pausa.

En el centro del claro, donde las flores silvestres se mecían sin viento, se alzaba una estatua. Representaba a un hombre de rostro sereno, su figura envuelta por la vegetación como por un manto tejido por los años. Permanecía inmóvil, atrapado en una pose que no sabría decir si era de tristeza… o de resignación. Había en él una quietud tan honda, tan antigua, que dolía mirarla. Como si el tiempo mismo hubiese decidido detenerse a su alrededor.

Nivëir se acercó despacio, como si cada paso pudiera quebrar el silencio encantado que envolvía el lugar. Se detuvo a pocos metros, con la respiración contenida, y dejó que su mirada recorriera la escultura. Observó la curva de los hombros, la serenidad del gesto, la forma en que la piedra parecía respirar bajo la maraña de hojas y musgo. Había algo en aquella figura que le resultaba inquietantemente familiar, como un recuerdo que no terminaba de despertar. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por una extraña certeza. Solo entonces, con manos temblorosas, alzó los dedos y apartó con cuidado las enredaderas que cubrían el rostro de piedra… y lo sintió.

Una vibración sutil, como el eco de un suspiro contenido durante siglos.

El bosque pareció contener el aliento, y en ese instante suspendido donde ni las hojas se atrevían a crujir, el mundo entero se volvió quietud. El aire se volvió denso, casi sagrado, como si algo antiguo despertara entre los árboles. Y entonces, en lo más hondo de su mente, como un eco que venía de muy lejos —de otro tiempo, de otra vida—, una voz se alzó, suave como el roce del viento entre las ramas, pero cargada con el peso de los siglos:

—Gracias por recordarme que aún existo…


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El Guardian del Bosque Silente, by Nissa Audun está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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