Capitulo 2: El despertar de lo antiguo

Nivëir retrocedió un paso, no por miedo, sino por respeto. Aquella voz no había sido un sonido, sino una presencia que se deslizó dentro de ella, como agua filtrándose entre las grietas de una piedra. El claro permanecía en silencio, pero algo había cambiado: el aire vibraba con una tensión contenida, como si el bosque entero aguardara su siguiente aliento.

—¿Quién eres? —susurró, sin saber si hablaba en voz alta o dentro de sí.

La respuesta no llegó de inmediato. En su lugar, una ráfaga de imágenes cruzó su mente: un bosque más joven, árboles recién nacidos, un círculo de figuras encapuchadas entonando cánticos en una lengua olvidada, y en el centro, el mismo hombre de la estatua… vivo, con los ojos cerrados y las manos extendidas hacia el cielo.

—Fui guardián de este bosque —dijo la voz, ahora más clara, más cercana—. Fui piedra para proteger lo que aún no debía despertar.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. El musgo bajo sus pies parecía latir con un pulso antiguo, y las flores de luna, que jamás sobrevivían al amanecer, seguían abiertas, como si el tiempo mismo se hubiese detenido para escuchar.

—¿Y ahora? —preguntó ella, apenas un hilo de voz.

—Ahora tú me has despertado. Y con mi despertar, también despiertan los ecos de lo que fue sellado.

Las palabras del guardián, cargadas de un presagio ancestral, le helaron la sangre. Recordó entonces los árboles que había encontrado tiempo atrás, en lo más profundo del bosque: altos, retorcidos, con cortezas marcadas por runas tan finas como cicatrices. Su curiosidad la había llevado a copiarlas con esmero, a estudiarlas bajo la luz temblorosa de las velas, intentando descifrar su significado. Pero los símbolos se le resistían, como si no quisieran ser comprendidos por ojos modernos. ¿Eran advertencias? ¿Sellos de contención? ¿O tal vez llaves que, al ser observadas, comenzaban a girar en cerraduras olvidadas? Una duda punzante se abrió paso en su mente: ¿había sido su curiosidad la que, sin saberlo, había comenzado a desatar lo que debía permanecer dormido?

Un crujido leve, como ramas secas partiéndose bajo un peso invisible, rompió el silencio a su espalda. No fue un sonido abrupto, sino contenido, como si el bosque intentara no despertar del todo. Nivëir se volvió con lentitud, el corazón latiéndole en la garganta, y lo que vio la dejó sin aliento.

Las ruinas, que hasta entonces yacían dormidas bajo siglos de musgo y olvido, comenzaban a cambiar. Las piedras, cubiertas de líquenes pálidos y cicatrices del tiempo, se estremecían como si despertaran de un sueño profundo. Se alzaban con lentitud reverente, despegándose del suelo con un suspiro mineral, como si recordaran la forma que una vez tuvieron. No era una reconstrucción violenta, sino un acto de memoria: el lugar se estaba recordando a sí mismo.

Ante sus ojos, una estructura circular emergía del suelo, piedra a piedra, como un corazón que volvía a latir. Los bloques se acomodaban en un orden antiguo, guiados por una voluntad que no era humana. Sobre sus superficies, símbolos tallados con precisión imposible comenzaban a brillar, primero con un fulgor tímido, luego con una luz azulada, suave y ondulante, como fuego fatuo danzando en la penumbra.

La luz no iluminaba el claro: lo transformaba. Las sombras se alargaban, los árboles parecían inclinarse hacia el círculo, y el aire se volvió espeso, cargado de una energía que vibraba en la piel como un canto sin voz. Nivëir sintió que estaba presenciando algo sagrado, algo que no debía haber sido visto por ojos mortales desde hacía siglos.

Y sin embargo, allí estaba. Testigo de un despertar que no comprendía del todo, pero que la reconocía como parte de sí.

Se acercó al círculo de piedra, que aún parecía palpitar con los ecos de una magia que el tiempo no había logrado borrar del todo. La estructura no solo se alzaba ante ella: respiraba, vibraba con una energía que no pertenecía a este mundo. Hipnotizada, dio un paso, luego otro, y cada uno pareció resonar en la tierra como una nota en una melodía antigua. El suelo no crujía: respondía, como si el bosque registrara su presencia, como si reconociera en ella algo largamente esperado.

El aire se espesó, cargado de una gravedad antigua, pero no hostil. Avanzar era como internarse en un suspiro contenido durante siglos. Una corriente invisible le erizaba la piel, no con temor, sino con solemnidad. No era peligro ni sosiego, sino algo más hondo: reverencia, como si el mundo natural se inclinara ante una verdad que apenas comenzaba a revelarse.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, con el corazón latiendo como un tambor.

—Un umbral —respondió la voz—. Entre lo que fue y lo que será. Entre el olvido y la memoria.

La palabra “umbral” resonó en su interior como una campana sumergida en aguas profundas, vibrando más allá del oído, en un lugar donde solo las verdades antiguas pueden alcanzarse. Fue un sonido sin sonido, una llamada que no venía de fuera, sino de dentro. Y al oírla, algo en Nivëir se abrió. No con violencia, sino con la delicadeza de una flor que se despliega al primer rayo de sol. Era como si una puerta, oculta en lo más hondo de su ser, hubiese estado esperando toda su vida ese momento para entreabrirse.

El claro, que hasta hacía instantes era solo un rincón olvidado entre árboles y raíces, se había transformado. Ya no era un vestigio de ruinas, sino un santuario vivo, palpitante, cargado de una solemnidad que se sentía en la piel como un susurro antiguo. Las piedras, ahora erguidas en un círculo perfecto, parecían formar parte de un diseño mayor, como si respondieran a una geometría sagrada que escapaba a toda lógica humana. Cada una brillaba con una luz suave, azulada, que no iluminaba tanto como revelaba, desnudando el alma del lugar.

En el centro del círculo, la estatua del guardián ya no parecía una escultura inerte. La rigidez de la piedra comenzaba a ceder, imperceptiblemente, como si la memoria de la carne aún latiera bajo su superficie. Había en su postura una tensión nueva, un aliento contenido. Nivëir sintió que no estaba sola. No solo por la presencia del guardián, sino porque el bosque entero —las raíces, las hojas, el viento— parecía inclinarse hacia ese centro, reconociendo en él el corazón de algo sagrado.

Y en ese instante, comprendió que no había cruzado un umbral físico, sino uno invisible, más profundo: el umbral entre lo que era… y lo que estaba destinada a ser.

—¿Por qué yo? —preguntó Nivëir, con la voz quebrada por la emoción.

—Porque llevas la sangre de quienes sellaron el pacto. Porque el bosque te conoce. Porque tú aún escuchas.

La revelación no llegó como un golpe, sino como una caricia honda, como el roce de una verdad que siempre había estado allí, aguardando ser reconocida. No fue estruendo, sino certeza. Nivëir sintió que algo se acomodaba dentro de ella, como si su alma, hasta entonces incompleta, recordara de pronto su forma original. No era solo una curandera, ni solo una hija del bosque. Era parte de una historia tejida con raíces y estrellas, enterrada bajo siglos de hojas, silencio y olvido. Y ahora, esa historia la reclamaba con la paciencia de lo eterno.

El guardián, aún atrapado en su forma de piedra, parecía observarla. No con ojos, sino con presencia. Su figura, inmóvil pero vibrante, emanaba una conciencia que se extendía más allá del tiempo. En ese silencio compartido, donde ni el viento se atrevía a soplar, Nivëir comprendió que el despertar no era un final, sino un principio. El inicio de una llamada que no podía ignorar, de un pacto que no había hecho, pero que llevaba en la sangre.

El resto del día se deshizo como niebla al sol. No recordaba cómo volvió a su cabaña, ni cuánto tiempo permaneció sentada junto al fuego, con las manos temblorosas y la mirada perdida en las llamas. Su mente estaba llena de símbolos que no sabía leer, de imágenes que no eran suyas, pero que la habitaban como memorias prestadas. El bosque, que siempre había sido su refugio, parecía ahora contener la respiración. Los búhos callaron, los grillos cesaron su canto, y el arroyo, siempre alegre, murmuraba con una gravedad nueva, como si sus aguas llevaran secretos que ya no podían esconderse.

Esa noche, cuando por fin cerró los ojos, los sueños la arrastraron sin piedad. No fueron visiones suaves, sino revelaciones envueltas en misterio. Soñó con raíces que se enredaban en sus tobillos, con voces que hablaban desde dentro de los árboles, con un cielo cubierto de estrellas que giraban en espiral sobre un altar de piedra. Y en el centro de todo, el guardián.

Ya no era de piedra, sino de carne y hueso. Un hombre de mediana edad, de complexión firme y atlética, con la piel marcada por cicatrices que cruzaban su pecho y antebrazos como antiguos mapas de batallas. Su cabello, largo y pelirrojo, caía en trenzas gruesas adornadas con cuentas de hierro ennegrecido, que tintineaban suavemente con el viento onírico. Una barba espesa, también trenzada, enmarcaba su rostro de rasgos severos y nobles, y en ella se entrelazaban pequeñas runas gastadas por el tiempo. Sus ojos, de un verde profundo y antiguo, parecían contener el reflejo del bosque tras la lluvia: sabios, melancólicos, y llenos de historias no contadas.

Había en él la fuerza de un guerrero y la quietud de un espíritu ancestral. Su sola presencia imponía respeto, no por amenaza, sino por la gravedad serena que lo envolvía, como si llevara consigo el eco de muchas vidas. Era un hombre forjado por la batalla, pero templado por algo más antiguo que la guerra: el pacto con la tierra.

Nivëir lo miró, y sintió que lo conocía desde siempre.

—El sello se debilita —le dijo en el sueño, con una voz que parecía hecha de viento y ceniza—. Y lo que duerme… comienza a recordar su nombre.

Despertó con el alba, empapada en sudor, con el corazón latiendo como si hubiera corrido toda la noche. El bosque seguía en silencio, pero no era el mismo. Ella tampoco. Sabía, con una certeza que no necesitaba palabras, que aún quedaban secretos por desenterrar. Y que, quisiera o no, ya era parte de ellos.

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El Guardian del Bosque Silente-Capitulo 2: El despertar de lo antiguo, by Nissa Audun está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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