Como siempre, le avisaron con poca antelación. Apenas el día anterior le habían comunicado el despido de uno de los últimos empleados en incorporarse a la empresa.
—No se ha adaptado al puesto —le dijo su jefe.
Ya había escuchado algunas quejas. Nada concreto. Comentarios vagos, susurros: “Tiene algo raro”, “Me da mala espina”.
—Un poco creepy —le confesó una administrativa, forzando una sonrisa.
Ella no juzgaba, a pesar de lo que muchos pensaban, no era su función, ella solo ejecutaba las decisiones de la dirección. Así que, calculó el coste del despido por no superar el período de prueba. Esta vez, al menos, la habían avisado a tiempo, no pasado un día de plazo legal, lo cual suponía mayor costo y sobre todo más trabajo.
Revisó los importes del finiquito dos veces como siempre, redactó la carta de despido poniendo especial atencion en que sonara cordial aunque manteniendo la profesionalidad, imprimió los documentos y recogió la firma del jefe. Una vez hecho esto, metió los documentos en su carpeta y se dirigió con paso pausado a los cubículos.
Como siempre, al verla aparecer con la carpeta beige, los compañeros desviaron la mirada. A esas alturas, todos sabían lo que eso significaba.
Localizó al trabajador en cuestión: Damián. Se acercó con su sonrisa profesional, medida y vacía, al fin y al cabo era su trabajo.
—Damián, ¿puedes acompañarme un momento a la sala de reuniones?
Él la miró con desconcierto. Luego asintió y la siguió. Una vez dentro, se sentaron. Ella colocó el documento sobre la mesa y se lo tendió iniciando el discurso automático que ya casi podía recitar en sueños.
— Lamentamos informarte que, tras la última evaluación de desempeño, se ha determinado que no se han alcanzado los niveles esperados para el puesto. Por este motivo, y al no haberse superado el periodo de prueba, la empresa ha decidido finalizar tu relación laboral.
Le explicó lo del finiquito, las cantidades correspondientes a las vacaciones generadas pero no disfrutadas, el salario generado en el mes y finalmente le indicó dónde debía firmar.
Damián mientras tanto no dijo nada. Tenía los labios apretados, con manos temblorosas tomo el documento leyendolo por encima, ella tragó saliva manteniendo la calma pese a lo que la afectaban estas reacciones.
Tras una pausa larga, el hombre firmó con una letra torcida y crispada.
«No conforme.»
Lo habitual.
Ella intentó suavizar la escena.
—Si necesitas una carta de recomendación, aunque no hayas superado el período, puedo escribirte algo. Sin entrar en detalles, por supuesto…
Él alzó la mirada. Voz baja. Tensa.
—No me gusta la hipocresía. Guárdate tus sonrisas para otro.
Ella se quedó inmóvil. Asintió. Estaba acostumbrada a que la culparan, pero esta vez algo en su mirada la removió por dentro.
Siguiendo el protocolo, lo acompañó mientras recogía sus cosas, manteniendo la distancia discretamente vigilandolo por el rabillo del ojo sin percibir nada extraño. No hubo despedidas, incluso parecía que sus compañeros se relajaban ante su partida. Suspirando lo acompañó a la salida extendiendo la mano para despedirle, pero el ni la miró, avanzó y se perdió en el bullicio de la calle sin mirar atrás. Ella suspiró nuevamente mientras volvía a su mesa, para seguir trabajando y cumplir un día más.
Al caer la tarde, salió caminando deprisa hacia donde habia dejado su coche aparcado, musitó para si buscando las llaves en el bolso para abrir la puerta y finalmente dejarse caer dentro dejando el bolso sobre el asiento del copiloto. Y entonces al levantar la vista se quedó helada viendo la nota aprisionada bajo el limpiaparabrisas.
Se tomó unos segundos para mirar en torno verificando si había alguien sospechoso cerca, pero no había nadie ahora mismo en la calle. Finalmente se armó de valor y tragando saliva abrió la puerta lo suficiente para asomarse y coger la nota, después volvió a encerrarse dandole al botón de bloqueo de las puertas. Desdobló la nota con manos temblorosas, leyendo el mensaje escrito con letras torcidas, apretadas, crispadas:
«Tú serás la siguiente.»
Los primeros días intentó convencerse de que era una broma cruel, tan sólo era alguien resentido, o seguramente lo habría escrito Damián tras el despido.
El lunes, no obstante al encender su ordenador, notó algo raro. El fondo de pantalla, antes el logo de la empresa, era ahora negro totalmente, salvo una palabra en el centro escrita en blanco:
«Verdugo.»
Miró en derredor rapidamente, pero nadie parecía prestarle atención por lo que resopló levemente antes de reiniciar el ordenador. Todo volvió a la normalidad, por lo que siguió trabajando sin decir nada, aunque sentía una desazón creciente, se notaba nerviosa y de mal humor.
Durante el día, varios compañeros le preguntaron:
—Te ves pálida. ¿Todo bien?
Asintía educadamente, forzando una sonrisa rota. No era falta de sueño: era una sensación de ser observada, casi como una presencia. Lo sentía detrás, a su alrededor, aunque estuviera encerrada en el baño sola.
El jueves recibió un sobre sin remitente en su buzón de oficina. Dentro descubrió una foto de ella, saliendo de su casa esa misma mañana, mirando el móvil mientras revisaba los correos distraída.
Nada más, ni una nota, ni un mensaje criptico… solo la foto, pero le causó más impresion que si hubiera recibido un pajaro muerto. Sin perder tiempo llevó el sobre a seguridad, pero nadie habia visto nada, trataron de tranquilizarla y le aseguraron que la acompañarian hasta el coche al finalizar la jornada.
Los siguientes dias sintió como crecía su paranoia, cerraba las cortinas en el despacho, insistía al vigilante que la acompañara hasta el coche por las tardes, al llegar a casa corria hasta el ascensor y por el pasillo hasta que se encontraba en la seguridad de su piso, tras su puerta convenientemente cerrada, la alarma siempre estaba conectada. Apenas dormía, las noches se sucedían entre insomnes y plagadas de pesadillas que la dejaban con los ojos abiertos de par en par y el corazon acelerado.
Una semana despues cuando comenzaba a relajarse recibió una llamada a las 3:17 de la madrugada, pero no era el movil, lo que sonaba era su telefono fijo, ese que nunca usaba.
Lo descolgó sintiendo la angustia del miedo subir por su garganta, apretando el auricular contra su oído.
—¿Diga?
Silencio ominoso, quizás alguien se habia equivocado pero justo cuando iba a colgar de nuevo se quedo paralizada, un susurro rasposo rompió el silencio:
—¿Duermes tranquila, verdugo?
Colgó apartandose del telefono como si este fuera una víbora, se abrazó las rodillas llorando mientras se balanceaba en la oscuridad del cuarto, esa noche no volvió a dormir.
A partir de ese dia empezó a rechazar invitaciones de sus amigos, evitó las reuniones e incluso fingió tener faringitis para poder teletrabajar. Acabó pidiendo una baja médica por depresión, para evitar salir de casa, convirtiendola primero en un refugio seguro, después en poco mas que una cárcel.
Poco a poco se fue alejando de todo y de todos, hasta que, una noche, al entrar a su dormitorio, vio las llaves sobre la almohada: sus llaves.
No eran una copia, eran las suyas con su anilla torcida, el llavero con sus iniciales. El roce en la carcasa de una de ellas. Exactamente las suyas.
Sintió cómo el mundo se le cerraba, mientras marcaba el 112 con los dedos helados, retrocediendo hasta la esquina del cuarto, intentando sentirse segura al tener la espalda apoyada en la pared.
Mientras hablaba con la operadora trató de tranquilizarse, de comportarse de manera racional, estaba en su piso, con la puerta cerrada y la alarma puesta. La operadora sugirió que quizás habia sacado las llaves y las habia dejado ahí ella misma, ella no pudo rebatirlo.
Mientras la operadora la mantenia en línea, se armó de valor y le explicó todo, los meses de acoso que llevaba sufriendo: llamadas a altas horas de la madrugada, mensajes cripticos en su buzón primero, por debajo de la puerta después, la sensación de inseguridad y miedo perpetuo. Casi llorando le suplicó que enviaran a alguien, mientras se acercaba a la ventana del salón, abriendola un poco para mirar hacia fuera y entonces sintió como el telefono se deslizaba de sus manos, un grito ahogado atascado en el fondo de su garganta.
Abajo, en el aparcamiento frente a su bloque, bajo una farola que titilaba, alguien la miraba inmóvil. En la mano derecha, un cuchillo largo, con mango negro, doméstico… Igual al que ella tenía en el cajón junto al fregadero.
Y entonces, lentamente, la figura levantó la otra mano saludandola, antes de apuntarla con el cuchillo.
La llamada al 112 quedó registrada a las 03:41.
Un hilo de voz temblorosa, palabras inconexas: “llaves… aparcamiento… cuchillo…”. Luego la conversación describiendo el horror sufrido y en un momento dado silencio. La línea se cortó.
A las 04:03, una patrulla llegó al edificio. El portal estaba abierto, pero no se veía a nadie en la calle. Todo parecía en calma.
Los agentes subieron rápidamente al tercer piso. Al llegar, llamaron a la puerta.
—¿Señora Gómez?
Silencio.
Golpearon de nuevo. Nada.
Uno de ellos probó el pomo. La puerta cedió sin resistencia. Entraron con precaución, siguiendo el protocolo.
El interior estaba en orden, demasiado en orden. Silencioso. La única luz encendida provenía del dormitorio.
Al abrir la puerta, se detuvieron.
En el centro de la cama, el cuerpo de la mujer yacía boca arriba. Los brazos extendidos en cruz, colocados con una precisión antinatural. Aún vestía la bata de estar por casa, abierta, como si alguien la hubiera dispuesto así deliberadamente.
Las marcas en el cuello eran evidentes. La piel amoratada, los ojos y la lengua hinchados por la asfixia. No había sangre en las paredes, solo una mancha oscura, contenida bajo el colchón.
Todo era quirúrgico. Frío. Metódico.
Sobre el vientre expuesto, grabada con cortes finos y alineados con una inquietante precisión, una frase escrita con caligrafía infantil:
“No conforme.”

No conforme, por Nissa Audun, está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
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