Cenizas y Luz

El viento del norte traía consigo el eco de un pasado olvidado, el olor a tierra húmeda y hojas secas envolvía a Katryn cuando desmontó junto a los muros de la antigua abadía de Villadorada. El sol apenas asomaba entre las nubes, y la luz tenue del amanecer teñía de gris las piedras del monasterio. Hacía años que no pisaba esas tierras, y sin embargo, algo en su interior la empujó a detenerse allí. Tal vez fue la nostalgia. Tal vez, la esperanza.

Había buscado a sus antiguos compañeros tras la guerra contra la Legión, pero solo encontró ruinas, tumbas sin nombre y ecos de voces que ya no respondían. Aun así, atrás quedaba esa oscuridad que la carcomía en silencio, dejando que la culpa la devorara poco a poco. Había fallado. A todos. A sí misma. Pero aún podía redimirse, o al menos eso esperaba.

Pero la Luz, caprichosa y persistente, no la había abandonado. Una noche, entre sueños y pesadillas, la sintió arder de nuevo en su pecho. No como una orden, sino como un susurro: levántate. Y así lo hizo.

Llevaba meses vagando sin rumbo. Su armadura, oxidada por la lluvia, era testigo de la decisión que había tomado: seguir su búsqueda y ayudar a quienes lo necesitaran.

Ahora, frente a los muros de Villadorada, no esperaba encontrar nada más que paz momentánea. Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.

Fue en el jardín interior donde la vio. Sentada bajo un roble, con un libro en las manos y la mirada perdida entre las ramas. El cabello más corto, la túnica sencilla, pero el rostro… el rostro era inconfundible.

—Nadja… —susurró Katryn, como si temiera romper un hechizo.

La sacerdotisa alzó la vista. Sus ojos, antes llenos de luz, ahora guardaban una tristeza serena, como un lago que ha conocido demasiadas tormentas. Pero sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil… real.

—Katryn.

No hubo abrazos. No hubo lágrimas. Solo el silencio de dos almas que se reconocen después de haber caminado por el abismo.

Horas después, en una de las celdas de meditación de la abadía, Katryn y Nadja compartían pan, té y recuerdos. La conversación era pausada, como si cada palabra tuviera que atravesar años de distancia y dolor.

—Pensé que habías muerto —dijo Katryn, con la voz quebrada—. Busqué entre los escombros, entre los cuerpos…

Nadja había cambiado. La oscuridad la había tocado, la había arrastrado hasta el borde de la locura. Perdió a su amor, a sus amigos, a su fe, pero no se quebró del todo. Los frailes de Villadorada la acogieron cuando ya no quedaba nada de ella, y con paciencia, con oración y ternura, la ayudaron a recordar quién era.

La dulzura seguía allí, en su voz, en sus gestos. Pero también una pena insoldable, una sombra que se escondía en la comisura de su mirada.

—Morí, en cierto modo —respondió Nadja, sin dramatismo— La oscuridad me tomó. Me susurró cosas que no quiero recordar. Perdí a todos… Lo perdí a él y también a mí misma… Perdí mi fe…

Katryn bajó la mirada. No sabía qué decir. No había palabras que pudieran reparar lo que ambas habían perdido.

—Pero volviste —dijo al fin—. Y eso significa que aún hay luz en ti.

Nadja esbozó una mueca parecida a una sonrisa sin alegría, pero sus ojos se humedecieron.

—La luz… no es como antes. Ya no arde, solo calienta. Es tenue. Frágil. Pero suficiente para seguir.

Mientras hablaba, alzó una de sus manos y la escudriñó. Su ceño se frunció mientras la bajaba de nuevo con un leve temblor, aferrándose el pecho con angustia.

Katryn se acercó y tomó su mano.

—Entonces déjame ayudarte a fortalecerla. No estás sola. No esta vez.

Días después, las dos mujeres partieron juntas. No eran las mismas que habían luchado juntas en la hermandad. Lo sufrido las había cambiado, había roto esa inocencia de juventud y la había sustituido por una sabiduría más madura y calma.

Así comenzó su nuevo camino. Dos mujeres marcadas por la pérdida, unidas por la fe y la memoria. Katryn, con la fuerza y el coraje de su espada. Nadja, con sus manos sanadoras y su compasión intacta. Juntas, recorrerían el mundo, no por gloria ni venganza, sino por algo más simple y más sagrado: ayudar a los que no pueden luchar por sí mismos.

Y en cada paso, en cada batalla, en cada gesto de bondad, su fe renacería. No como antes. No como una llama ardiente. Sino como una brasa persistente, cálida, que se niega a extinguirse.

Y así, entre cenizas y luz, renació su fe. Renació su camaradería. Renació su propósito.

Cenizas y Luz, by Nissa Audun, está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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