El amanecer llegó con el crujido de las velas y el canto de las gaviotas lejanas. Rhane se despertó sobresaltada, aún no acostumbrada al vaivén del barco ni al olor a sal y madera vieja que impregnaba cada rincón. Dormía en un pequeño camarote junto a la bodega, con una hamaca que chirriaba cada vez que se movía.
No tuvo tiempo de desperezarse. Brandia apareció en la puerta con su habitual energía explosiva.
—¡Arriba, Palomita! Hoy empiezas a ganarte el aire que respiras- la goblin la miró risueña cruzandose de brazos – venga que no tengo todo el dia, a ver, esta es la historia – se acercó un par de pasos bajando el volumen de la voz mientras su mirada se tornaba algo más dura- eres una sobrina del capitán, la mayoria no se lo creera pero saber que estas bajo su protección mantendrá a la mayoría de la tripulación lejos de tus bragas pero no te confundas, en este barco hay gente honorable pero también los hay tan rastreros como los que has dejado atras asi que andate con ojo.-
La joven asintió tragando saliva sin saber muy bien a qué atenerse.
-Te recomiendo que a pesar de todo pases el mayor tiempo posible en este camarote, está cerca del mío, así que si tienes problemas grita. Por otro lado, cuando venga a buscarte quiero verte lista para seguirme, no preguntes ni hables con otros miembros de la tripulación salvo para dar los buenos dias y ni siquiera… Subirás a cubierta, entrenarás con el capi y después te quedaras en este camarote, supongo que sabrás leer ¿no?-
La mirada de la chica lo decia todo, antes de poder negar con la cabeza la goblin resopló.
– De acuerdo, te enseñaré… por la mañana entrenamiento, por la tarde te enseño a leer y mejor aprendes rapido porque tengo poca paciencia… ¿lo has comprendido todo palomita?-
-Sí… gracias…-
-No me des las gracias hasta que lleves al menos la mitad de trayecto, si veo que incumples alguna de las normas estarás sola, no me gusta andar persiguiendo a jovencitas aventureras…y recuerda, me sigues debiendo tres doradas, mejor haces lo posible por mantenerlas a buen recaudo. Bien… ¿a qué esperas? ponte en marcha que tienes que entrenar.
Rhane se vistió a toda prisa y siguió a la goblin por los pasillos estrechos del barco. Subieron a cubierta, donde el sol apenas asomaba por el horizonte. Allí, esperándola con los brazos cruzados, estaba el capitán Azor.
—Hoy aprenderás a caer —dijo sin más.
Y así fue. Durante horas, Rhane cayó. Al suelo, al agua, sobre cajas, contra cuerdas. Azor no tenía piedad. Cada vez que intentaba atacarlo, la desarmaba con facilidad. Cada vez que intentaba esquivar, tropezaba. Pero no se quejaba. No lloraba. Solo se levantaba, una y otra vez.
—Tienes fuego —dijo Azor al final de la mañana, mientras ella jadeaba en el suelo—. Pero el fuego sin control solo quema. Aprende a usarlo.
La dejó allí, empapada en sudor y con los brazos temblorosos. Brandia apareció poco después, lanzándole una cantimplora.
—No está mal para una ratilla de ciudad. Ahora ven, te toca conocer al único más gruñón que el capitán.
La cocina del barco era un caos organizado: ollas colgando, cuchillos clavados en las paredes, sacos de harina y especias por todas partes. En medio de todo, un hombre enorme como un barril de ron, con brazos como jamones, barba canosa y un parche en el ojo, removía un caldero con una cuchara del tamaño de un remo.
—Ron, te traigo a tu nueva ayudante —anunció Brandia.
El cocinero se giró lentamente, la miró de arriba abajo y gruñó.
—¿Esta escuálida? No me durará ni una semana.
—Entonces tendrás que enseñarle rápido —respondió la goblin con una sonrisa—. Su vida depende de ello.
Ron bufó, le lanzó un cuchillo oxidado y señaló un barril lleno de patatas.
—A pelar. Y si cortas más piel que patata, te corto yo.
Rhane se arrodilló sin decir palabra. Sus manos temblaban, pero no por miedo. Por rabia. Por orgullo. Por la necesidad de demostrar que no era solo una sirvienta escapada. Que podía ser más.
Horas después, con los dedos entumecidos y las uñas negras de tierra, Ron se acercó y revisó su trabajo.
—No está mal. Para ser una raterilla.
Rhane lo miró, agotada pero firme.
—No soy una raterilla.
Ron sonrió por primera vez.
—Aún no. Pero vas por buen camino.
Los días en el barco se sucedían como las olas: duros, constantes, implacables. Rhane ya no contaba el tiempo por amaneceres, sino por los moretones nuevos que encontraba cada noche al quitarse la ropa.
El entrenamiento con el capitán Azor era brutal. Cada mañana, antes de que el sol asomara por el horizonte, ya estaba en cubierta, con los pies descalzos sobre la madera húmeda y la daga en la mano. Azor no hablaba mucho, pero sus silencios enseñaban más que cualquier discurso.
—No pienses en ganar —le dijo una vez mientras la desarmaba por enésima vez—. Piensa en sobrevivir. Lo demás vendrá después.
Rhane aprendió a leer los movimientos, a anticipar, a caer sin romperse. Aprendió que la fuerza no siempre vence, que la velocidad puede ser un arma, y que el miedo, si se controla, puede ser un aliado.
Por las tardes, Brandia la esperaba con un libro bajo el brazo y una sonrisa burlona.
—Vamos, Palomita. Hoy toca aprender a leer insultos en élfico.
La goblin tenía una paciencia extraña: no era suave, pero sí constante. Le enseñaba con ejemplos prácticos, con juegos de palabras, con historias que mezclaban verdad y mentira. Rhane, al principio frustrada, empezó a disfrutar de aquellas sesiones. Descubrió que las palabras podían ser tan afiladas como una daga.
Y por las noches, cuando el barco dormía, ayudaba a Ron en la cocina. Pelaba, cortaba, removía. El cocinero gruñía, refunfuñaba, pero poco a poco empezó a hablarle más allá de las órdenes.
—¿Sabes por qué cocino, niña? —le preguntó una noche mientras preparaban un guiso de pescado—. Porque aquí, en medio del mar, la comida es lo único que puede hacer que un hombre recuerde quién es. O quién fue.
Rhane no respondió. Solo asintió, comprendiendo más de lo que podía expresar.
Con el tiempo, su cuerpo se volvió más fuerte, sus reflejos más rápidos, su mente más aguda. Ya no era la sirvienta temerosa que se había escondido entre las cajas en la bodega. Era otra. Alguien que empezaba a descubrir su valor.
Una mañana, mientras entrenaba con Azor, logró desarmarlo por primera vez. Fue un movimiento torpe, casi accidental, pero efectivo. La daga del capitán cayó al suelo con un sonido seco.
Azor la miró en silencio. Luego, por primera vez, asintió con aprobación.
—Vas por buen camino, pajarillo.
Rhane sonrió. No dijo nada. No hacía falta.
Beretta: Forja de Acero y Sal by Nissa Audun está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Deja un comentario