Beretta: Conversaciones bajo la luna

La lluvia había cesado, pero el cielo seguía encapotado, como si el mar aún guardara secretos por revelar. La cubierta del barco estaba desierta, envuelta en una quietud que solo se rompía por el crujido de la madera y el murmullo del agua contra el casco. Era una de esas noches en las que el mundo parecía contener la respiración.

Rhane se había refugiado bajo la lona del timón, con una manta sobre los hombros y una taza de té caliente entre las manos. El entrenamiento del día la había dejado con los músculos doloridos y el cuerpo agotado, pero su mente seguía despierta, inquieta. Observaba el cielo, buscando respuestas en las nubes, como si pudiera leer en ellas el rumbo que debía seguir.

Azor apareció sin hacer ruido, como siempre. Llevaba una botella de ron y dos vasos de metal. Se sentó a su lado sin pedir permiso, como si aquel rincón también le perteneciera.

—¿Te duele? —preguntó, sirviendo un poco en cada vaso.

Rhane asintió con una sonrisa cansada.

—Como si me hubieran pasado por encima con un carromato.

Azor le tendió uno de los vasos.

—Entonces estás aprendiendo.

Brindaron en silencio. El ron quemó su garganta, pero también le devolvió algo de calor. Durante un rato, compartieron el silencio como si fuera un lenguaje propio.

—No pensé que aguantarías tanto —dijo él, mirándola de reojo—. La mayoría se rompe antes de la primera semana.

—Yo ya estaba rota —respondió ella en un murmullo, sin mirarlo—. Solo estoy aprendiendo a juntar los pedazos.

Azor no respondió de inmediato. Bebió un trago largo, pensativo.

—Eso requiere más fuerza que levantar una espada.

Rhane lo miró, con los ojos brillando por la tenue luz de la linterna colgada del mástil.

—¿Tú también estabas roto?

Azor soltó una risa breve, sin alegría.

—Más que tú. Solo tenía rabia. Y un cuchillo. Un viejo capitán me recogió cuando intenté robarle la bolsa. En vez de matarme, me puso a fregar la cubierta. Me enseñó a leer, a pelear, a pensar. Me enseñó que el mar no perdona, pero tampoco juzga.

—¿Y tú? ¿Juzgas?

—Solo cuando alguien se rinde antes de intentarlo.

Rhane bajó la mirada esbozando una media sonrisa. Sus dedos jugaban con una cuerda suelta del pantalón. Luego, sin pensarlo demasiado, apoyó la cabeza tímidamente en su hombro. Azor se tensó un instante, sorprendido, pero no se apartó. Solo dejó que el momento existiera.

—Gracias —susurró ella—. Por no rendirte conmigo.

—Gracias a ti —respondió él, en voz baja—. Por recordarme por qué no lo hago.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, más cálido esta vez. El viento soplaba suave, y el barco parecía flotar entre dos mundos: el de los recuerdos y el de las decisiones por tomar.

Fue entonces cuando Azor se puso de pie, con una mirada que decía más que mil palabras.

—Ven. Hay algo más que debemos hablar.

Caminaron en silencio hasta la proa, donde la luna se alzaba sobre el mar como un farol suspendido en la inmensidad del cielo. El viento soplaba con suavidad, y el barco se deslizaba sobre las aguas con una calma casi irreal, como si el océano también contuviera el aliento tras los días de tormenta. Rhane se acomodó en su rincón habitual, apoyando la espalda contra la barandilla con familiaridad. Azor permaneció de pie unos instantes, observándola en silencio, antes de situarse a su lado. Apoyó los codos sobre la madera húmeda y dejó que su mirada se perdiera en el horizonte tranquilo, compartiendo con ella el peso del silencio y del mar.

—¿Te pesa? —preguntó él, rompiendo el silencio.

Rhane tardó en responder. Miraba el horizonte, pero no lo veía.

—Sí… un poco.

—La primera vez siempre deja marca —dijo Azor—. No en la piel. En los ojos. Empiezas a ver el mundo distinto. Más claro. Más crudo.

—Tenía miedo… y actué.

—¿Y eso lo hace menos real?

Ella negó con la cabeza, lentamente.

—No. Pero me hace preguntarme si algún día dejará de doler.

Azor suspiró, enderezándose para mirarla de frente.

—No deja de doler. Solo aprendes a vivir con ello. A usarlo.

Rhane lo miró de vuelta. Por primera vez, no lo veía como el capitán. Lo veía como un hombre. Uno que había vivido más de lo que contaba y perdido más de lo que dejaba entrever. Había algo en su silencio, en la forma en que sostenía la mirada sin exigir nada, que hablaba de heridas antiguas y promesas rotas por el tiempo.

La noche había caído con una calma inusual. El mar, por una vez, parecía dormido, y la luna colgaba del cielo como una lámpara solitaria, derramando su luz plateada sobre las velas recogidas. El aire era fresco, salado, y traía consigo el murmullo lejano de las olas rompiendo contra el casco, como un susurro constante que envolvía cada pensamiento.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, cálido y denso, como una vieja manta compartida en noches de invierno. Rhane se atrevió a mirarlo sin miedo, como si quisiera grabarse cada línea de su rostro en la memoria, por si el destino los separaba. Azor tenía el rostro bañado por la luz de la luna, y por un instante, no parecía tan imponente. Parecía… humano. Y profundamente cansado.

—¿Y qué pasó con él?

—Murió. Como mueren todos los que se quedan demasiado tiempo en este mundo. Pero me dejó algo más valioso que una herencia: me dejó un rumbo.

Rhane bajó la mirada. Sus dedos, inquietos, jugaban con una cuerda suelta de la blusa, como si enredarse en ella pudiera evitar que el momento se deshiciera.

—Mañana llegamos a Ventormenta —dijo Azor, con una voz más baja, más medida—. Puedes quedarte. Brandia te aprecia. Ron también. Yo…

Se detuvo. La frase quedó suspendida entre ambos, como una vela que se apaga sin aviso. No hacía falta terminarla. El silencio lo dijo todo.

Rhane alzó la vista. Sus ojos, enrojecidos por el viento salado, brillaban con algo más que humedad. Era decisión. Era dolor. Era gratitud.

—Gracias —dijo, con la voz apenas un susurro—. Pero necesito saber qué hay más allá del horizonte. Quiero equivocarme por mí misma. Quiero caer, levantarme, elegir. No quiero que nadie me trace el camino… ni siquiera tú.

Azor la observó en silencio. Sus ojos, por un instante, parecieron más oscuros, como si contuvieran algo que no se atrevía a decir. Luego asintió, con una mezcla de respeto, resignación… y algo más difícil de nombrar.

—Entonces hazlo —dijo al fin, con voz grave—. Pero no olvides lo que has aprendido aquí. Ni quién eres. El mundo allá fuera es más cruel que el mar… y mucho más mentiroso.

Rhane sostuvo su mirada, firme, aunque por dentro todo temblaba.

—Lo sé —respondió—. Pero también sé que puedo con él. Porque tú me enseñaste a no bajar la mirada.

El capitán la contempló una última vez. Su expresión no era una sonrisa, pero tampoco era indiferencia. Era algo más profundo, más callado. Como una despedida que no quería pronunciarse.

—Si alguna vez necesitas un barco… el mío siempre tendrá un sitio para ti.

Rhane asintió, con el corazón latiendo como un tambor contenido.

—Y si alguna vez necesitas una daga… la mía estará afilada.

Azor soltó una risa baja, áspera, pero auténtica. Por un instante, las arrugas de su rostro se suavizaron, y pareció más joven. Más libre.

—Buena respuesta, pajarillo.

Y se alejó, sin mirar atrás, dejando tras de sí el eco de una promesa no dicha, y el silencio de todo lo que no se atrevieron a decir.

Rhane se quedó allí, sola en la proa, con el viento acariciándole el rostro y el mar extendiéndose ante ella como un mapa sin trazar.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo.

Sentía vértigo. El vértigo de estar a punto de volar… o de caer.

Y por primera vez, no le importaba cuál de las dos cosas pudiera suceder.

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Beretta: Conversaciones bajo la luna, by Nissa Audun está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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