Llega la noche y, con ella, la calma… al menos para mí. Tras un largo día en el trabajo, rodeada del barullo constante de la oficina, llegar a casa y poder relajarme es un placer que intento preservar cada día.
Cansada, termino mis quehaceres antes de ponerme el camisón y meterme en la cama, ese bendito lugar donde cada noche me refugio. Sonrío al estirarme bajo las sábanas, acomodando las almohadas para retomar mi lectura.
Son minutos que anhelo a lo largo de todo el día. Con calma, busco el marcapáginas, abro el libro y me sumerjo en las aventuras de la protagonista, olvidándome del mundo.
De pronto, un cosquilleo molesto sube por mi pierna izquierda, a la altura de la rodilla. Sin darle demasiada importancia, agito las piernas y cambio de postura.
Vuelvo a sumergirme en el mundo de fantasía, ansiosa por conocer el final de la historia. Me quedan pocas páginas y quiero terminarlas antes de apagar la luz. Pero otra vez el cosquilleo. Insistente ahora, tímido al principio, avanza por mi muslo con determinación. Un escalofrío me sacude. Desvío la mirada hacia las sábanas que cubren mi cuerpo, paralizada en un principio, porque todos saben de mi temor a las arañas… y ¿qué otra cosa podría ser?
Me armo de valor. Dejo el libro sobre la mesilla, procurando moverme lo mínimo, y con suavidad retiro las sábanas mientras ahogo un grito.
Sí. Es una araña. Enorme —o al menos así me lo parece—, posada en medio de mi muslo blanquecino. Agitada, la observo, rezando para que no se sobresalte y me pique. Su cuerpo es tan grueso como mi pulgar, sus patas, aterciopeladas.
Durante un instante, se detiene. Imagino que está confundida por el fogonazo de luz. Luego, reanuda su avance sobre mí. Trago saliva, completamente inmóvil, esperando a que suba por encima de mi camisón. Entonces, con un impulso, me levanto de un salto, agito las manos desesperadamente tratando de quitármela de encima. La lámpara cae y, por un momento, todo queda a oscuras. Temblorosa, doy unos pasos y me pego a la puerta del armario, que se tambalea por mi golpe.
Un sollozo se escapa de mi garganta. A tientas, busco la lámpara, temiendo en cada instante tocar ese cuerpo velludo en medio de la oscuridad.
Cuando por fin la enciendo, observo rápidamente a mi alrededor… pero, como era de esperarse, ya no está. Mi peor pesadilla: saber que hay una araña en la habitación, pero no verla.
Giro sobre mí misma varias veces, cerciorándome de no tenerla cerca. Después agarro la zapatilla, la sacudo —por si acaso se ha escondido dentro—, pero nada. Armada con ella, me acerco a la cama. Retiro las sábanas y la almohada, buscando el oscuro cuerpo que me aterroriza. Inútil. ¿Dónde se ha metido?
Decidida a terminar con esto, me dirijo lentamente hacia la puerta, pero al pasar frente al espejo, siento que el alma se me cae a los pies.
Ahí está. La muy traicionera ha estado todo ese tiempo en mi hombro, observando con sus ojillos brillantes cada uno de mis movimientos. Nuestras miradas se cruzan en el reflejo y, antes de que pueda reaccionar, con deliberada calma corretea hasta mi cuello… y me pica.
El dolor es inmediato, terrible. Grito, manoteo, trato de apartarla. Entre sollozos, intento alcanzar la puerta. ¡Que se quede en la habitación! Yo voy por el veneno. Pero la puerta parece alejarse, mis pasos se vuelven inciertos. El cuarto gira a mi alrededor… y me desplomo.
Paralizada —esta vez de verdad— por su veneno cruel, observo cómo la pequeña araña se aproxima a mi mano.
Un sudor frío me recorre. Siento sus patas avanzando lentamente por mi piel, hasta que desaparece de mi vista. Los segundos más largos de mi vida pasan… y entonces, la veo de nuevo. Está en mi hombro, mirándome, moviendo las patas con una especie de danza extraña… como si intentara comunicarse conmigo.
No puedo creer que esto me esté pasando. Las arañas no se comportan así. ¡Por el amor de Dios! Intento moverme, pero mis músculos están rígidos. Mi respiración se vuelve superficial. Mis sentidos se embotan. Una fría calma me invade.
¿Es así como voy a morir? ¿Por la picadura de una araña?
Ni siquiera puedo gritar, ni llorar, ni moverme. ¿Voy a convertirme en una momia, como en esas películas malas de serie B?
Intento cerrar los párpados… pero no puedo. Solo puedo observar a mi pequeña asesina, que parece disfrutar del momento. Y cuando creía que nada podía ser más aterrador, la veo descender hacia mi rostro. Sus patas corretean por mi cara y, con un gemido ahogado, siento que se introduce en mi oído.
Al principio solo noto ese cosquilleo… y después, algo húmedo descendiendo por mi conducto auditivo.
No… ¡no puede ser!
¡¡¡¡Está poniendo huevos en mi oído!!!!
Sollozando, me rindo a lo inevitable. El aire se me escapa. Apenas respiro. Poco a poco, me sumerjo en la inconsciencia… deseando morir por primera vez en años.

Arañas, de Nissa Audun está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
vale eso ha dado cague
Me gustaLe gusta a 1 persona
Muchas gracias por comentar! Es lo que intentaba hacer, dar un poco de miedo con algo tan cotidiano como… una araña XD
Me gustaLe gusta a 2 personas
que no que ahora da un yuyu que te cagas, que mal rollo y que impotencia te hace sentir.. bufff me gustaban poco las arañas ahora menos
Me gustaLe gusta a 1 persona
Joder.
Qué repelús tan grande.
Brrrrr.
Conseguiste que me removiera con incomodidad.
Me gustaLe gusta a 1 persona
¡Muchas gracias por tus palabras! Es de lo que se trataba :p
Me gustaLe gusta a 1 persona