Caminos cruzados.

Sonrió mientras observaba su rostro en el espejo, aún tendría que acostumbrarse a ese cuerpo pero no tenía queja. El rostro joven de delicadas facciones esbozó una maliciosa sonrisa rompiendo el encanto por un momento de la ilusión inocente de la muchacha.

Suspiró entrecerrando los ojos mientras recordaba cómo había conseguido sus objetivos, ese joven Halendor sin saberlo había ayudado más de lo que suponía. Le había engañado como hizo en su momento con los demás. Y es que no era estúpida, llevaba demasiado tiempo evitando la muerte como para que un mestizo acabara con sus planes. Aunque aparentemente le hubiera dejado creer que así fuera.

Todo había transcurrido tal y como había planeado, la pantomima de la dama inocente en apuros, el ritual inconcluso, la bestia… todo había sido una estratagema para conseguir su verdadero objetivo. Tomar el poder que le correspondía y vengarse de los que en su día destruyeron su cuerpo.

Sus dedos acariciaron la gema violácea de su colgante, ahora no era más que un cristal de poco valor pues se había asegurado de que el alma de la joven desapareciera para poder usurpar su cuerpo. Sonrió incorporándose de la silla tomando su capa, una vez colocada la capucha su rostro volvió a sumirse en sombras.

Con gestos pausados tomó su grimorio y lo metió en su bolsa de viaje, echándose esta al hombro. Tenía que ponerse en marcha, estaba demasiado cerca de Ventormenta, una ciudad que seguía siendo peligrosa para los suyos y debía empezar a tirar de los hilos para organizar un aquelarre.

Murmuró un pequeño conjuro al salir de la estancia de la torre colocando las salvaguardas sobre la cerradura, tomándose su tiempo para comprobar con ojo crítico el resultado.

Después descendió por las escalinatas para acabar saliendo de la torre medio derruida; era un buen escondite para guardar sus cosas, perdida entre los árboles del bosque Oscuro, no era un lugar muy transitado.

Caminando presurosa entre los árboles buscó el camino principal perdida en sus pensamientos. Debía planear cuidadosamente sus próximos pasos para no caer en los errores del pasado.

Llevaba un rato caminando cuando escuchó los cascos de los caballos, frunciendo el ceño se apartó a un lado del camino dirigiendo fugaces miradas hacia atrás, hasta que los distinguió. Un grupo de soldados avanzaba en formación por el camino, seguramente irían al frente a luchar contra las fuerzas de la horda, no pudo evitar sonreír ligeramente, eso iba a ser divertido.

Cuando la comitiva la alcanzó aminoraron el paso momento en que alzó la vista hacia los soldados, componiendo una expresión asustada.

– Muchacha, estos caminos no son seguros. ¿Acaso no lo sabes?

– Oh… si, pero yo…- fingiendo sorpresa les miro de arriba a abajo- he oído que el ejército de Ventormenta parte a la guerra contra la Horda, quiero ayudar…

Las risas entre los soldados no tardaron en escucharse, mientras el cabecilla se inclinaba sobre la silla observándola.

– ¿Y como vas a ayudar tú? No tienes armas, ni parece que estés entrenada para blandir una espada. ¿Vas a luchar con ellos con tus encantos?-

Se limitó a negar sonrojándose levemente, mostrando una expresión inocente.

– No, tenéis razón no soy luchadora pero si soy curandera, quiero ofrecer mis servicios. – Alzó levemente la barbilla mirándole con seriedad, era el momento de mostrarse un poco fiera.

El cabecilla la miró dubitativo, después echó un vistazo atrás conversando en voz baja con el soldado a su lado, tras esto se volvió hacia ella.

– No puedo prometeros seguridad, señorita. Pero si puedo ofreceros un sitio en la carreta, como bien decís vamos a luchar contra la Horda y vuestros servicios pueden ser de gran ayuda. Es vuestra decisión acompañaros o seguir vuestro camino sola. – Tras esto inclinó la cabeza con seriedad, señalando la carreta. Ella asintió agradecida dirigiéndose hacia allí mientras intentaba permanecer con un rostro serio. Era gracioso ver como la observaban con algo más de respeto que hacía unos momentos y precisamente ese respeto hacia los sanadores era lo que le había impulsado a fingir ser uno. Con delicadeza subió a la carreta ayudada por el soldado que guiaba las riendas, esbozó una tímida sonrisa y tras escuchar la orden del mando iniciaron la marcha.

El camino transcurrió aburrido y a veces exasperante, pues el muchacho que tenía al lado no paraba de hablar sobre lo que podía esperarles, sobre lo buen luchador que era, su ciudad natal… En cierto momento decidió sonreír y asentir levemente dejándole hablar mientras estudiaba al resto de soldados.

El viaje les llevó varios días hasta que llegaron a la zona de conflicto, por un momento agradeció haber sido lista y buscar la protección de esos hombres. Aunque le hubiera gustado poder apartarse de su camino hacía al menos una noche las circunstancias se lo impidieron, por lo que al llegar al campamento principal donde el resto del ejército esperaba se despidió de Tomás, el muchacho con quien había compartido espacio en la carreta y tomando su petate se perdió entre las tiendas con la excusa de buscar al resto de sanadores.

Una vez lejos de ellos, apresuró el paso hasta localizar una solitaria tienda, donde pudo finalmente sacar su mapa. Murmurando un quedo conjuro observó como lentamente una mota de luz verdácea señalaba un punto más al norte. Frunciendo el ceño deshizo el conjuro guardando el mapa.

Esa noche tendría que moverse deprisa para salir del campamento y seguir su camino, poco le importaba la guerra que restallaba a pocos pasos de ella, los gritos y los bombardeos no eran de su incumbencia aunque de alguna forma disfrutaba de esos sonidos.

Una vez la noche sumió la zona en sombras salió de la tienda con pasos apresurados, saliendo del campamento tras sortear a los guardias que vigilaban los aledaños del mismo. Claro que era fácil, vigilaban que nada entrara… pero lo de salir era otra cosa.

Avanzó protegida por la oscuridad, evitando los ruidos de la batalla, permaneciendo quieta cuando se requería y avanzando lentamente para superar la zona de conflicto.

Con lo que no contaba era con que le llevara toda la noche avanzar de esa manera, con las primeras luces del alba apenas había conseguido atravesar la zona y de día era un blanco fácil.

Cansada se dirigió a una pequeña zona rocosa escondiéndose entre estas mientras se arrebujaba en la capa, dormitaría hasta la noche y entonces continuaría su camino.

De cuando en cuando cambiaba de posición según los ruidos de la batalla se acercaran a ella, hasta que escucho los gritos y distinguió el humo verdoso que se elevaba de las murallas. ¿Añublo? Preocupada trató de alejarse lo más posible de la ciudad en liza, hasta que un grito heló su sangre.

Sobre la ciudad apareció un barco flotando en el aire, las explosiones estallaron en la zona, los gritos de unos se elevaron en contrapartida con los vítores de los soldados.

Perpleja desde su escondite observó como las tropas de la alianza entraban en la ciudad otrora reino de los renegados, rompiendo sus defensas como si fueran de paja.

Maldijo para sus adentros, si conseguían hacerse con la ciudad estaba segura de que las tropas horda se replegarían y eso impediría que pudiera atravesar la zona sin ser vista.

Se puso en marcha con rapidez, ocultándose como podía de miradas indiscretas, trepando por la ladera de la montaña en busca de un punto más alto desde donde vigilar la batalla y tomar decisiones.

Y entonces ocurrió, un agudo chillido, una serie de estruendosas explosiones y finalmente la nube de añublo esparciéndose lentamente por la ciudad. La visión la dejó paralizada. Si la nube tóxica se extendía no tendría escapatoria, sus planes se verían frustrados, sería un cuerpo más sin vida entre tantos. ¡No podía permitirlo!

Se dió la vuelta alejándose de la zona a la carrera, su principal meta era sobrevivir ya pensaría como volver a recoger la reliquia que la había traído hasta allí.

En su alocada carrera tropezó y cayó por la ladera dando tumbos, rasguñandose los brazos y las piernas en la caída. Cuando finalmente su espalda golpeó el suelo sacando el aire de sus pulmones de golpe, permaneció unos minutos tirada observando el cielo. Ella no podía morir así, no era el final que pretendía… Había sido una ilusa, el volver a sentirse viva le había hecho ser orgullosa y eso era algo que podría costarle la vida.

Murmurando débilmente una sarta de maldiciones se incorporó para observar con el ceño fruncido como las tropas se replegaban, aumentando el peligro. Si la horda la encontraba, la matarían sin darle tiempo a defenderse, su mejor opción era avanzar hacia las tropas de la alianza que se alejaban frenéticas en busca de los barcos de la costa.

Sin pensarlo mucho más desanduvo el camino echando miradas nerviosas a su alrededor hasta que escuchó un nuevo sonido que hizo que se ocultara tras unas rocas, buscando cobertura. Un par de soldados de la alianza corrían cerca de su posición mientras un grupo de renegados avanzaban hacia ellos, si seguían en esa dirección estaba perdida.

Justo cuando pensaba en escabullirse los soldados se giraron como uno solo enfrentándose a los renegados, estos los rodearon y comenzaron a luchar contra ellos sedientos de sangre. Pronto la superioridad numérica de los enemigos hizo mella en ellos, a pesar de que luchaban con fiereza no podrían sobrevivir sin ayuda.

Con cuidado salió de su escondite esperando que al estar entretenidos no se percataran de su presencia, pero la flecha que pasó a escasos centímetros de su rostro rompió sus esperanzas. Normalmente habría seguido corriendo pero algo en ella la impulsó a darse la vuelta, dejando caer el petate alzó sus manos hacia el arquero renegado que en esos instantes cogía otra flecha para apuntar en su dirección y murmurando un conjuro dejó que la magia vil brotara de sus dedos golpeando su cabeza que estalló fragmentada.

Sin mediar palabra se concentró nuevamente recitando las palabras del nuevo conjuro, de sus manos comenzaron a brotar las llamas dirigiéndolas hacia el grupo que atosigaba a los soldados.

El poder era liberador, la embriagaba cada vez que pronunciaba en quedos susurros las intrincadas palabras sintiendo como su cuerpo por un instante parecía invulnerable, poco a poco fueron acabando con los renegados. Ella golpeaba como un torbellino de llamas haciéndoles retroceder mientras los soldados avanzaban ágiles con sus estocadas certeras. Uno de ellos gritó en ese momento, tambaleándose hacia atrás para caer al suelo de espaldas con una daga en su cuello de la que brotó sangre a borbotones. Su compañero rugió y se impuso a los dos que quedaban empuñando su mandoble con fiereza, mientras ella bajaba las manos agotada, su mirada perdida en los ojos vidriosos del soldado muerto.

Solo cuando el silencio se alzó nuevamente salió de su ensimismamiento acercándose dubitativa hasta el soldado superviviente que en ese momento se encontraba de rodillas cerrando los ojos de su compañero.

Al acercarse este se incorporó apuntándola con la hoja del mandoble, su rostro cansado y surcado de sangre seca se le antojo atractivo pese a todo. Lentamente alzó las manos mientras le observaba.

– ¿Estás bien?.-

El frunció el ceño dirigiendo la vista de los restos ennegrecidos por las llamas a su compañero, para finalmente bajar el arma lentamente.

– Sí, aunque si no hubieras estado aquí posiblemente hubiera muerto como Devlan.-

Ella asintió aún algo afectada por el uso de su poder y es que era un arma de doble filo, pues a pesar de la sensación de euforia que le provocaba esa energía vil la desgastaba.

– Tenemos que irnos. No es seguro permanecer aquí, pueden venir más.- Le miró dubitativa para después apartar la vista estudiando el terreno en busca de movimiento.

– Tienes razón, supongo. ¿Qué haces aquí sola?-

Ella le miró frunciendo el ceño, no se le había ocurrido excusa así que se limitó a señalar hacia la ciudad anegada en añublo, el siguió la dirección de su dedo dejando escapar un leve resoplido. Sin mediar palabra le hizo un gesto para que le siguiera, mientras se ponía en marcha.

Ella se apresuró a recoger el petate y correr tras él. Durante unos minutos avanzaron en silencio, algo que agradeció dado que las circunstancias la superaban y no conseguía montar una historia coherente que no sonara demasiado rocambolesca.

Pronto no pudieron hablar aunque quisieran, habían retrocedido pero estaban rodeados de enemigos. Por desgracia sus aliados se habían dirigido hacia la costa que quedaba al otro lado de la ciudad emponzoñada, mientras los soldados de la horda avanzaban en grupo dando caza a los supervivientes en esa zona.

Huyendo de ellos acabaron metiéndose en una pequeña cueva buscando pasar desapercibidos, el camino estaba cortado en todas direcciones, pero con suerte quizás podrían permanecer escondidos hasta que se alzara la noche de nuevo y puede que tuvieran una oportunidad entonces para escabullirse.

Ambos permanecían en silencio, tratando de no hacer ruido mientras escuchaban el avance de las tropas.

Se estaban acercando a su posición demasiado deprisa, no iban a poder salir de esta sin luchar de nuevo, pero eran solamente dos. No tenían escapatoria.

– Lo siento, pero no voy a permitir que me capturen vivo.-  el susurro del soldado le hizo dar un respingo en la oscuridad de la cueva, de todos los malditos soldados que se podía encontrar había tenido que encontrarse con uno cuyo honor y orgullo superaba sus instintos de supervivencia.

Suspirando rebuscó en su mochila sacando dos viales de color violáceo, dejando el petate a un lado le puso uno delante del rostro.

– Aún podemos salir con vida de esta, ¿prefieres morir como tu compañero o vivir otro día y vengarte más adelante?- Le mantuvo la mirada con seriedad, ella desde luego era una superviviente, siempre lo había sido y eso del honor se lo dejaba a botarates como ese soldado. Si tenía que valerse de artimañas lo haría, pero nada impediría que lograra vengarse, esta vez no.

– ¿Que es eso?- El joven la miró suspicaz, arrancando una leve sonrisa de sus labios.

– Es un elixir, dura una hora. Tiempo suficiente para poder avanzar entre sus filas, sin levantar sospechas.-

– Vale, un elixir… ¿eres maga? Bueno claro, que tontería te he visto crear bolas de fuego…-la muchacha le observó divertida, acababa de darle una historia coherente. Mejor una practicante de la magia arcana que una profana desde luego, suscitaría menos sospechas. – ¿Y que hace ese elixir, nos vuelve invisibles o algo así?

– Más fácil, pero tendrás que confiar en mi.-

El la miró ceñudo al fin y al cabo era una desconocida, ¿como iba a fiarse de ella?

La joven se encogió de hombros dejando uno de los viales a su alcance, mientras destapaba el otro y se lo bebía de un trago cerrando los ojos mientras sentía como poco a poco el elixir afectaba su cuerpo.

El pareció dudar un instante pero las voces que cada vez se escuchaban más cercanas parecieron hacer mella en el, con un suspiro rezó una leve oración a la Luz antes de tomar el vial de un trago.

Al instante sintió como si le quemaran por dentro, cerrando los ojos apretó los puños y las mandíbulas para no gritar. Tras la quemazón vino el mareo y una sensación extraña, como si los ruidos del mundo se amortiguaran.

Creyó escuchar unas palabras en un idioma extraño y oscuro que hizo que se le erizaran los pelos de la nuca, ¿acaso había sido objeto de una trampa? Palpó nervioso hasta localizar la empuñadura de su espada y entonces parpadeó confuso, abriendo los ojos hasta que su visión se normalizó.

Ante ella una sindorei le observaba divertida, con una maldición trató de desenvainar apartándose de ella pero antes de que pudiera hacerlo la joven habló con suavidad.

– No nos hemos presentado, puedes llamarme Abrahell. Y mejor te buscas un nombre decente y que suene a elfo, no queremos que el engaño se vaya al traste, ¿verdad?-

Él apenas pudo soltar un resoplido mirándose las manos confuso, no las reconocía… eran más delgadas de lo habitual, alzando tembloroso las manos tocó las puntas de sus orejas, ahora élficas.

– ¿Pero que has hecho?-

– ¿Que he hecho? Darte una oportunidad, alma de cántaro.-

Licencia de Creative Commons
Caminos cruzados by Nissa Audun está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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